Belchite, un pueblo maldito

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Belchite es uno de los pueblos fantasma más famosos y visitados de España. Ubicado en la provincia de Zaragoza, a pocos kilómetros de la ciudad, fue el escenario de una batalla de la Guerra Civil, cuyas cicatrices se ven en sus ruinas. Aunque el Ayuntamiento organiza visitas guiadas, hoy te proponemos recorrerlas desde el aire.

Belchite tiene una tienda mágica: mágica por su localización, en la que a buen seguro y por la trágica historia que está detrás, vagan almas por doquier y mágica porque la mujer que está al frente de este negocio de venta de ‘souvenirs’ nos cuenta que en el local vive un ente. “Eso dicen al menos, yo no he notado nada raro, pero es verdad que aquí en Belchite hay un ambiente particular”, afirma.

Particular se nos antoja un calificativo suave. Belchite de día da, por decirlo en lenguaje coloquial, mal rollo. Cómo no van a darlo una ristra de edificios en ruinas, en algunas zonas ya tomadas literalmente por la maleza porque el paso del tiempo es demoledor y no sabe de ideologías, que se han conservado así como testimonio de lo absurdo de las guerras donde, como bien sabemos todos pero a veces olvidamos, los muertos siempre los pone el pueblo. Si de día pone los pelos de punta, imagínese de noche, donde cada sombra de una pared maltrecha puede esconder un fantasma.

Es mediodía en Belchite y luce un sol abrasador, inmisericorde: no hay nadie en las calles del pueblo nuevo y al viejo solo se puede acceder con permisos. Dentro del perímetro se mueven a su antojo algún que otro perro y gatos, los que vemos son negros, quizás sea una coincidencia, pero nosotros hace tiempo que dejamos de creer en las coincidencias.

Los gatos en Belchite solo pueden ser negros, si queremos hacer un paralelismo entre la historia del lugar y la de los mininos de este color que, por si no lo sabían, eran quemados sistemáticamente en la Edad Media salvo si tenían alguna mancha blanca, la denominada marca de Dios, que entonces les libraba de la hoguera. El blanco como símbolo de lo puro y el negro como icono de la oscuridad. Nada bueno puede salir de sociedades en blanco y negro, sin matices, y Belchite es la prueba.

Nos vamos a centrar en la conocida como la batalla de Belchite, pero hay que apuntar que, como buen lugar maldito, antes hubo otras que tuvieron un alto precio en vidas. La batalla de Belchite tuvo lugar entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1937, en plena Guerra Civil. El ejército republicano que tenía como objetivo la toma de Zaragoza, se detiene en Belchite para intentar apagar un pequeño foco de lucha que más pronto que tarde deja de ser pequeño y se convierte en una auténtica lucha callejera que acaba con 5.000 bajas entre ambos bandos y con un pueblo destruido casi en su totalidad.

Franco decide dejar intactas las ruinas como recuerdo de los excesos del bando republicano, y decide levantar un nuevo Belchite justo al lado: en 1954 se inauguró, en presencia del dictador, la nueva urbanización que acogió a los vecinos de las viejas casas y también los pabellones del campo de concentración denominado “La pequeña Rusia”, donde se alojaron los presos que trabajaron en la construcción del nuevo pueblo. No fue hasta 1964 cuando fueron realojados todos los vecinos del viejo Belchite.

Las cicatrices (arquitectónicamente hablando, las otras son más difíciles de ver), del viejo Belchite se iban haciendo cada vez más manifiestas con el paso del tiempo es por eso que las ruinas fueron finalmente valladas en 2013 y el Ayuntamiento empezó a organizar visitas guiadas, de día y de noche. Huelga decir que las nocturnas son las más recomendables porque es cuando se oyen psicofonías, según manifiestan los amantes de los fenómenos paranormales.

Compramos un Oleico en la tienda mágica: se trata de una marioneta, con aceitera de cabeza, muy famoso por la zona, rica en aceite. Belchite viejo tuvo que ser un pueblo bien bonito y próspero: se intuyen varias iglesias, algunas, majestuosas. En 1935 su censo era de más de 3.100 habitantes. Tras la guerra quedaron en torno a 1.500 personas.

Ojalá mantener las ruinas de la contienda sirva para que nunca se olvide aquello de quién pone los muertos y lo absurdo de las guerras.