Hay restaurantes a los que uno va a comer y otros a los que acaba volviendo. El Espigón pertenece a la segunda categoría y es que es un clásico que nunca falla.
La familia Cascajo Moro lleva casi tres décadas defendiendo en Madrid una cocina marinera de producto que huele a Andalucía, sabe a lonja y tiene un objetivo claro: que salgamos de allí pensando ya en cuándo volver.
Y es que hay días en los que Madrid pide terraza, otros en los que pide una copa y algunos —los mejores— en los que pide mar, arroz y buen producto. Si además ese pescado llega desde las lonjas andaluzas y termina servido en una mesa donde el trato es tan importante como el producto, el plan empieza a ponerse serio.
Al lado del Paseo de la Castellana, y a unos pasos de Plaza Castilla, El Espigón lleva casi treinta años haciendo precisamente eso: acercar a la capital una cocina de producto con marcado acento andaluz.
Detrás del proyecto están Ana y Carlos Cascajo, un matrimonio que ha convertido la honestidad, la calidad y el respeto por la materia prima en las señas de identidad de la casa. A su lado, su hijo Carlos aporta ese impulso joven y emprendedor que ayuda a mantener vivo un negocio familiar que ya forma parte del paisaje gastronómico madrileño. Y es que es algo que ha vivido desde pequeño.
La carta tiene, además, una debilidad confesa por las frituras. Los salmonetes de Motril, las puntillitas de Isla Cristina y los pequeños y sabrosos boquerones victorianos son algunas de esas opciones que convierten el tradicional “tomamos algo para empezar” en seguir y seguir porque todo está rico.
Y es que en El Espigón empezar ligero puede ser complicado.
Después llegan los mariscos: gambas blancas de Huelva, cañaíllas de Isla Cristina o langostinos de Trasmallo, junto a una selección de pescados que comparte protagonismo con otra de las especialidades de la casa: los arroces.
Para quienes necesiten una alternativa al mar —porque siempre hay alguien en el grupo— también hay cortes de carne. Una carta pensada para que nadie tenga que negociar demasiado antes de sentarse a la mesa.


De la barra al reservado: aquí el plan cabe entero
Otra de las virtudes de El Espigón es que no obliga a elegir qué tipo de ocasión queremos tener. La casa se adapta.
La barra funciona como territorio perfecto para un aperitivo improvisado; los salones, para comidas tranquilas con amigos o familia; y los reservados, para celebraciones y eventos que requieren un poco más de intimidad. La versatilidad es parte del encanto.
El pequeño viaje a Andalucía que no requiere maleta
Quizá ahí esté una de las claves de El Espigón. En una ciudad acostumbrada a recibir cocinas de todos los rincones del mundo, la familia Cascajo Moro ha apostado por algo mucho más cercano: traer a Madrid el sabor de las lonjas andaluzas y convertirlo en una experiencia de mesa.
El resultado es una cocina reconocible, sin demasiadas vueltas, donde el producto es el protagonista.
Cuando llega el momento dulce, esta casa gastro guarda otra carta bajo la manga: postres caseros para poner el punto final a una comida que, si todo sale como debería, habrá empezado con la intención de “comer algo de pescado” y terminado con la certeza de que habrá que regresar.
Porque El Espigón tiene ese peligro. Y es que su flan, o tarta de chocolate nunca fallan.
Uno va por las gambas, se queda por los salmonetes, descubre los arroces, prueba el postre… y, cuando se quiere dar cuenta, ya está pensando en la próxima visita.
Un pedacito de Sevilla en Madrid
La historia de la familia Cascajo Moro no termina en la capital. El Espigón cuenta también con otro local en Sevilla, reforzando ese puente gastronómico entre Andalucía y Madrid que define la identidad del restaurante.
En la capital, su dirección es clara: producto, cocina honesta, ambiente cercano y una carta suficientemente amplia como para volver varias veces sin tener que repetir.
Así que, si este verano el plan consiste en encontrar un restaurante donde celebrar, comer con amigos, darse un homenaje marinero o simplemente sentarse a disfrutar de una buena mesa, hay una dirección que conviene apuntar. Eso sí: conviene ir con hambre. Y con tiempo.
Porque en El Espigón, una cosa lleva inevitablemente a la otra. Y es que el plan es pedir algo para compartir, dejarse llevar por lo que dicte la temporada y reservar sitio para el postre. Lo difícil será cumplir la promesa de “la próxima vez probamos otra cosa”.
EL ESPIGÓN
Dirección: Calle del Poeta Joan Maragall, 58 · 28020 Madrid
