El refugio antiaéreo del Retiro: de espacio para cultivar champiñones a atracción turística

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El que visita Berlín sabe que puede descubrir parte del subsuelo de la ciudad alemana gracias a la asociación Berliner Unterwelten, que lleva a cabo, desde hace años, visitas a las entrañas de la localidad, pudiendo verse algunos de los más de 3.000 búnkeres que existen. Y es que las grandes ciudades esconden tesoros en sus entrañas que tienen que ver o con su pasado más reciente, como es el caso de Berlín, o más añoso, como sucede con las catacumbas de París, uno de sus reclamos turísticos más famosos y que siempre pone la piel de gallina a aquél que lo visita.

En 2022, aunque aún no sabemos en qué mes concreto, Madrid también contará con otro espacio misterioso bajo tierra que se abrirá a los visitantes: el refugio antiaéreo de la Guerra Civil situado bajo el parque de El Retiro. Ya contábamos con el Búnker de la Posición Jaca (nombre en clave del Cuartel General del Ejército Republicano del Centro) situado en el parque del Capricho, y ahora, este nuevo espacio (nuevo para el público,  porque tiene más de ochenta años) viene a incrementar las opciones de paseos alternativos por Madrid.

El refugio del Retiro es una fortificación defensiva, de carácter pasivo, es decir, no disponía de armamento para combatir sino que se trataba de un lugar para salvaguardar a la población civil. Cuantos más, mejor. Se empezó a construir en el año 36 y finalizó en el 38. Es un refugio antiaéreo en forma de galería. La galería quiebra cada 90 metros 90 grados, para evitar la onda expansiva de una posible explosión dentro”, explica Luis Lafuente, director general de Patrimonio Cultural del Ayuntamiento de Madrid. Las galerías tienen un ancho en torno a 1,20 metros. “La altura variaba de 1,65 metros en los lugares más bajos, a dos metros y medio en los más altos. Y estaba pensado para un aforo de unas 275 personas, no se descarta que en un momento dado pudiera haber más gente”, continúa.

Muchos paseantes y corredores pasan por encima de las placas de acero que ocultan este tesoro oculto sin ser conscientes de lo que hay debajo, es por eso que ahora el Ayuntamiento quiere sacarlo a la luz y que empiece a formar parte de las visitas del programa Pasea Madrid y de Madrid Otra Mirada.

Tres salidas a la calle

El refugio tenía tres salidas a la calle, dos al propio parque del Retiro que todavía se conservan: “Una es donde habitualmente entramos para ver su conservación y estamos haciendo los estudios pertinentes. Otra está tapiada y luego había una tercera en la calle Menéndez Pelayo, que también está totalmente cegada”, explica Lafuente. El refugio tiene unos 400 metros lineales aproximadamente.

En alguno de los trabajos de acondicionamiento en alguna ocasión se ha acercado alguna persona mayor para contar a los operarios que conocía el refugio porque estuvo dentro durante la contienda: allí se guarecían de los bombardeos del ejército franquista los vecinos de los barrios cercanos y también, la familia del capataz del parque, que tuvo 12 hijos.

En El Retiro hubo otros dos refugios, que no llegaron a terminarse: uno junto a la Casa de Fieras, cuyas obras casi se completaron, y un tercero a la altura de la calle Montalbán. Aparte, existen otras galerías anteriores, “Por ejemplo las que se construyeron junto a la Real Fábrica de Porcelana del Retiro, más en el lado sur del Retiro”, aclara.

El parque de El Retiro quedó muy dañado tras la Guerra Civil: muchos de los árboles desaparecieron porque los vecinos los usaban como leña y el hambre hizo que desaparecieran también muchos de los animales de la denominada Casa de Fieras, el zoológico de la época que se localizaba en el parque y que fue trasladado en 1973 a la Casa de Campo.

Tras la guerra, las instalaciones del refugio quedaron en desuso y posteriormente se utilizaron para cultivar champiñones gracias a sus condiciones de oscuridad y humedad (las galerías están a ocho metros de profundidad): “La capa freática del Retiro es muy húmeda y sus condiciones de plena oscuridad lo convertían en un sitio ideal para el cultivo de champiñones. Pero también fue utilizado como almacén por los operarios del parque que dejaban ahí ciertos aparejos y objetos”, aclara Lafuente.

En 2017 un informe arqueológico certificó que el enclave se encontraba en buen estado de conservación. Seguidamente, el Ayuntamiento se ha encargado de montar la instalación eléctrica y asegurado los cerramientos buscando la estanqueidad. Queda por ver qué aforo de visitantes puede albergar y qué instrumentos de seguridad se necesitan para el control durante la visita, y esto se hará entre finales de este año, principios del que viene. Tras esa última etapa el refugio pasará a formar parte de esas visitas gratuitas cuyas entradas desaparecen apenas unas horas después de que se anuncien, como sucede con el frontón Beti-Jai.

Lafuente afirma que el subsuelo de Madrid está lleno de sorpresas y que uno de los principales retos que tiene en su trabajo es determinar dónde colocar una nueva estatua porque el tablero donde hacerlo, que es la ciudad de Madrid, se lo complica: “Una de las competencias de la Dirección General de Patrimonio Cultural es el paisaje urbano y el arte público en la calle. En cuanto al arte público, muchas estatuas son donadas y otras se crean a iniciativa del propio Ayuntamiento. Cada año al final se colocan unas ocho o diez nuevas estatuas en el viario público. Uno de los mayores retos es ubicar el lugar exacto donde dónde colocar esas estatuas. En el subsuelo tenemos las líneas de metro, las ferroviarias que conectan con las principales estaciones, las infraestructuras de telefonía, las del agua del Canal de Isabel II.. Y todo eso hace muy compleja la selección del lugar exacto donde ubicar estatuas que suelen pesar bastante sobre todos por los pedestales”, finaliza Lafuente.