«Escuchar» las vidrieras de la Catedral de Segovia

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on telegram
Share on whatsapp
Share on email
Share on print

Algo más de 215.000 personas visitaron la Catedral de Segovia en 2021, casi 600 por día, pero seguramente pocos se pararon a “escuchar” la historia que narraban sus vidrieras, resultado de una disciplina artística, mezcla de pintura y música, a la que la familia Muñoz de Pablos ha dedicado su vida por completo.

A sus 84 años, el segoviano Carlos Muñoz de Pablos es una referencia internacional en el mundo de la vidriera e integra el estudio Vetraria Muñoz de Pablos junto a sus hijos Alfonso y Pablo, quienes no pudieron evitar heredar su vocación.

Esta es la firma detrás de más de una treintena de trabajos en templos de toda España como las catedrales de Burgos, Cádiz, Salamanca, Ávila, León o Sigüenza, y que en la actualidad acomete en Segovia uno de los planes más ambiciosos de restauración de vidrieras de una catedral que se ha realizado en el mundo.

Aun con una vida entera dedicada al arte y después de haber entrado cientos de veces en la Catedral de Segovia, Carlos Muñoz de Pablos conserva intacta su capacidad de fascinación por ella y vive consagrado a que otros puedan sentir lo mismo.

“Cuando entras en una catedral, cualquier cosa que ves, que pisas, que miras o que tocas es una obra de humanismo acojonante”, opina el académico de mérito de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce en el interior de la conocida como la Dama de las Catedrales, en Segovia.

Cada varal forjado de las capillas es una escultura en sí misma, y cada vidriera realizada en el siglo XVI en hornos de leña, donde era mucho más difícil que ahora controlar la temperatura y con la dificultad de que ni siquiera existía papel de gran tamaño para dibujar los bocetos en tamaño real, producen en el artista una profunda admiración.

“Cuando perteneces a una ciudad, a una nación, tú tienes que saber qué hay detrás de ti para valorarlo y, sobre todo, para enterarte, para poder disfrutarlo y también para estar orgulloso de tu procedencia”.

“Eso es el patriotismo. Lo demás, lo de la bandera y todo eso es una historia, es un símbolo, es un trapo… esta es la bandera. A los niños hay que enseñarles esto”, asegura mientras señala el interior de la iglesia.

Desde 2009, Vetraria Muñoz de Pablos acomete un Plan Director para la intervención de todas las vidrieras de la Catedral de Segovia, algo inusual por lo ambicioso del proyecto y su coste económico y que permite a los artistas abordar el trabajo “como una unidad”.

De las 156 vidrieras que hay en total, 64 de ellas plantean en las tres naves un programa iconográfico cerrado que cuenta la vida de Cristo desde la anunciación hasta su ascensión a los cielos en diferentes escenas, como si fuera una película, y supone el conjunto de vidrieras manieristas más importante de Europa.

Las del crucero, que corresponde a una etapa constructiva posterior, están dedicadas a la vida de la virgen; el trasaltar muestra otra serie de piezas que narra la vida pública de Cristo, y en el presbiterio hay otras siete vidrieras de menor tamaño dedicadas a los santos locales.

Pero al margen de su iconografía, detrás de cada obra de arte traslúcida “hay mucho más” y por eso, como ocurre con cada disciplina, “hay cosas que no se pueden decir más que con la vidriera”, asegura Alfonso en otra entrevista.

A diferencia de lo que ocurre con la pintura de caballete, las vidrieras reciben la luz de manera dorsal, lo que hace que la obra cambie totalmente según la hora que sea o el lugar en el que esté, y que funcione como un filtro de una energía que impacta directamente en la arquitectura del templo y en el espectador, como ocurre con la música.

Los artistas explican que esta circunstancia hace que los maestros vidrieros como ellos deban tener en cuenta, a la hora de intervenir una pieza o de crear una nueva, no solo el universo iconográfico que contiene sino las condiciones de luz de las que disponen y la iluminación que necesita el edificio.

Por eso las ventanas de la parte más baja de la Catedral de Segovia no tienen colores, para dar una luz “doméstica” adecuada a prácticas como la lectura, mientras que las de lo más alto están destinadas a crear un clima que, junto a la música y el incienso, acompañan el “rito” y remiten a la “devoción” y el “más allá”, explica Carlos Muñoz de Pablos.

Sin embargo, los detalles y misterios del arte vidriero parecen encontrarse con un público difícil en la actualidad: “Vivimos en el mundo de la inmediatez en el que todo caduca rápido, se ha perdido bastante la atención”, lamenta Alfonso Muñoz.

“Cuando se construye un edifico así, se hace con una funcionalidad y es impactar al espectador. En ese momento, no había ningún edificio como este en todo su entorno, esto está hecho para mayor gloria de Dios. Era un espacio exclusivo que generaba un sobrecogimiento. Ahora somos incapaces de sobrecogernos porque todo nuestro entorno es sobrecogedor en sí mismo”, opina Pablo Muñoz.

Para Carlos Muñoz de Pablos, hay otra virtud que escasea en la actualidad, la vocación artística de trascender: “Una catedral se tarda mucho en hacer. La van a disfrutar tu hijos y tus nietos, esa generosidad del esfuerzo por las generaciones futuras, eso no pasa ahora”, asegura.

“Ahora todo es consumir, un gobierno gobierna para cuatro años y es tierra quemada, el futuro no le importa nada… eso es una cosa terrible”, observa, antes de revelar parte de su secreto y el de sus hijos para resistir a esta tendencia: «Muchas veces, el arte silencioso es la cosa más revolucionaria que hay”.